Como medusa impregno mis ojos

en tu carne,

tus susurros

son mis olvidos nocturnos.

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Tus laceraciones

son mis quejas implacables

en las olas de mis días.

Tu esperanza alimenta

mis entrañas hambrientas.

Tu risa es mi alegría matutina.

Soy el tallo marchito de la edad,

soy como las luciérnagas acuáticas

de la casa gris.

 

En las esquinas circulan odios

y quejidos leves

que explotan en mis tiernos ojos.

Soy tu medusa

y te convertiré en oro, o en estiércol.

Te cubriré con mi manto de serpientes

y te momificaré

con mis curvas de mujer venenosa.

Serás así pues,

nada,

o quizás seré una momia sonámbula

en el vaivén de mi locura.

© Sandra M. Vizconde Zevallos.

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