Cuando te conocí mirabas el cielo con tus ojos de papel, tu risa era vidriosa he inyectaba muy profundamente en mi carne. Mis labios quizás inquietaron tus deseos, mi sonrisa fugaz y atolondrada. En la marea arenosa tú y yo descubrimos besos prohibidos.

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Besos que nos enfermaron. Que nos hicieron ahogar a la realidad. En tus manos descubrí leves falsedades, pero caía siempre al borde de tus palabras escritas con anfetaminas.

Y sucumbia como el drogadicto a la droga maloliente. Eres la espina clavada en mis papilas gustativas, eres la saliva que no paso. Eres una sombra que invade mis sueños. Estas ahí frente a mi almohada. En cada noche. En cada triángulo invertido. Eres mi inconclusa ilusión.

Sandra M. Vizconde Zevallos.

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